Era de noche y el charco estaba pausado, rebotando su agua a velocidad de onda brisácea. Su fondo de basalto estiraba sus extremidades puntiagudas para cosquillear inútilmente la superficie. El oleaje difundía, con volumen de murmullo, un mensaje emitido en lenguas de caracola y encerrado en invitación de bucio. La lapa de la orilla del charco lo escuchaba. Despegaba su concha y levantaba tímidamente un ala de su ventosa. Anunciban una luz en la noche, tras las cortinas de nubes grises. Era una luz hermosa y coqueta, acompañada por sirvientas menos escandalosas, que bailaban a su alrededor la sonata de las constelaciones.
Entonces el viento sopló. Las olas aplaudieron salpicando, contra la orilla, espuma, que la lapa se sacudía con cierto asco al escupitajo. Las nubes se difuminaron en leves estelas en el cielo negro y, tras ellas, aparecieron las luces. Primero salteadas en el cielo, parpadeando con orgullo y desdén a los colores de la aurora y el amanecer. Y luego, se agruparon en torno a ella: la Luna blanca, princesa de la nocturnidad, que, por su extremo narcisismo, no pudo evitar reflejarse en el nítido espejo de agua del charco. Así pasaron toda la noche, la Luna celebrando su belleza luminosa y las estrellas danzando como luciérnagas en fiesta de hadas. Mientras, la lapa, desde la orilla, se quejaba indignada de que hubieran encendido esa bombilla en plena noche, pues sus sueños de nácar se vieron interrumpidos por ese tumulto de luces desordenadas.
Entonces el viento sopló. Las olas aplaudieron salpicando, contra la orilla, espuma, que la lapa se sacudía con cierto asco al escupitajo. Las nubes se difuminaron en leves estelas en el cielo negro y, tras ellas, aparecieron las luces. Primero salteadas en el cielo, parpadeando con orgullo y desdén a los colores de la aurora y el amanecer. Y luego, se agruparon en torno a ella: la Luna blanca, princesa de la nocturnidad, que, por su extremo narcisismo, no pudo evitar reflejarse en el nítido espejo de agua del charco. Así pasaron toda la noche, la Luna celebrando su belleza luminosa y las estrellas danzando como luciérnagas en fiesta de hadas. Mientras, la lapa, desde la orilla, se quejaba indignada de que hubieran encendido esa bombilla en plena noche, pues sus sueños de nácar se vieron interrumpidos por ese tumulto de luces desordenadas.

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