sábado, 19 de diciembre de 2009

La sombra


Una vez fue una sombra. Tiraba hacia atrás de un cuerpo intentando escapar. Huía de la luz tanto como la noche. Se alargaba y encogía. Y era plana, sin relieve, sólo era eso, una sombra. Soñaba con la plata, con su rubor negro al enfrentarse a la luz. Hasta que se plantó allí, justo delante. Se abrió un ojo redondo, rápido, un pestañeo. Cuando se cerró el ojo, la sombra había desaparecido.

Un hombre llegó a una exposición. Servían canapés de salmón y huevas de esturión. Conocía al autor. Tenía invitación para ver su obra el día de la inauguración en la galería. Todos hablaban como si tuvieran boina en la cabeza y se reían como con una pipa en la boca. El hombre también. Se reunían en grupos de máximo cinco personas y cada diez minutos se disolvían, cogían una copa de champán, miraban una de las fotografías en blanco y negro, y se buscaban entre los que observaban la misma imagen para apiñarse de nuevo y comentarla. El hombre cogió una copa de champán y de paso un canapé. Se dirigió hacia una fotografía colgada en una columna. Y no buscó a nadie para comentarla porque era sólo una sombra, colgada en una columna algo apartada y de tamaño medio en proporción con las demás fotografías. Mientras los demás se juntaban y separaban cada diez minutos, el permanecía allí, de pie, frente a la fotografía de la columna. El autor se acercó y le preguntó al oído “¿te gustó?”. El hombre lo miró con una mueca que, verbalizándose aproximadamente en la mente del autor, equivalía a estas palabras empañadas por una entonación plana: “revelada en un tamaño medio y colgada en una insignificante columna”. Tras la mueca, se desencadenó su marcha: soltó la copa , se comió de un bocado el canapé, salió de la galería con las manos en los bolsillos y, mientras se alejaba por la acera, las farolas se reían de ese cuerpo sin sombra.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Viene caminando


- Viene caminando. Corriendo. Se cayó. Se levanta. Retrocede. Corre hacia atrás. Se paró.
Viene caminando. Corriendo. Se cayó. Se levanta. Retrocede. Corre hacia atrás. Se paró.
Viene caminando...

- ¡Deja ya de mirar el mar!

- Quizá te lleve consigo.

- ¿Cómo?

- Cuidado. Viene caminando. Corriendo. Te agarró. Retrocede. Corre hacia atrás. Te llevó.

La niña podrida - Capítulo III

Otra noche de entre tantas volvió a soñar. Esta vez que caía desde un precipicio y que luego paraba sobre los brazos de su amado osito de peluche. Y así ocurrió. Bueno, no cayó desde lo alto de un precipicio, pero si desde su cama y cayó sobre su osito. El osito quedó tan maltrecho como su dueña, y después de muchos implantes de algodón y de silicona descubrieron que el peluche no se podía arreglar.
Entonces volvió al pozo sin fondo de sus sueños y lloró. Y así, sin parar de derramar líquido gaseoso por sus órbitas, fue como inundó su casa y truncó la vida de sus familiares, quienes murieron ahogados por asfixia.
Ya sola en el mundo que le rodeaba, decidió buscar a alguien. Y ya que su sentido de la vista era no nato, optó por utilizar su oído.
Ahora empieza por marchitar sus pensamientos oyendo la televisión. Siente gran pena por las noticias que hablan de todas las personas muertas en guerras alrededor del mundo. Se emociona con las telenovelas en las que el guapo y rico se casa con la pobre y guapa, y piensa que, quizás, un día, podrá ser ella esa chica pobre y guapa. De momento, es pobre. También responde mal a las preguntas de los concursos y se ríe al conocer su ignorancia.
Vive, se pierde, escucha…pero vive. Busca algo que no sabe qué es. Revolotea por el mundo sin posarse nunca en él. Su vello (con v, lo bello con b es ausencia en este cuento) se enreda en morriña porque es marina su añoranza, pero dulce, o mejor, gratinada. El ambiente se extiende y acaricia la acidez de su piel como queso fundido, perdiendo su textura, su forma,…es un eco moribundo de la realidad que renace en sueños sobre pozos de los deseos.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Jazz de otoño

Cerré los ojos... y oí la cuerda de un contrabajo rebotar contra el mástil, como un paso en el charco de una acera húmeda por la recién iniciada llovizna otoñal, acompasada con el estallido de una trompeta que explotaba como un paraguas al abrirse en flor bajo el tintineante piano, goteo continuo de armonías y, de repente, amaneció un saxofón seduciendo, con su aire exitante, la desnudez de los árboles.

martes, 4 de agosto de 2009

Canción incolora


Canción incolora


Ojalá cantara. Ojalá.

Pero el agua no se evapora

de la boca de cloaca.


Ay, el alacrán

que se alarga

entre alas de alga.


Ojalá cantara. Ojalá.

Pero la caracola no colabora

con la cola de la ola.


Ay, ese abracadabra

que abra ya

la cueva de la cabra.


Ojalá cantara. Ojalá.

Pero es de hojalata

el ancla calada en la garganta.


Ay, las vocales cuerdas

son ruinas de Caracalla

en las calas de una cara.


Canta, canta, canta.


Que se ahogan

las notas de caoba

en el pentagrama

de su alma incolora.


Canta, canta.

Canta...

La niña podrida - Capítulo II

Un día, de entre tantos de sus primeros quince años de vida, soñó su primera película en blanco y negro muda, (y cuando digo muda me refiero a la niña, no a la película). Trataba de la vida de una lágrima desde que surgía del lagrimal hasta que llegaba al final de un pozo sin fondo que cumplía deseos. No tardó en ser rechazada una y otra vez hasta que un psicópata con enigmáticas intenciones le propuso rodarla. Lo primero era buscar una gota que interpretara bien el papel de lágrima. La verdad es que, aunque acudieron al casting millones de gotas de lluvia, entre las que había de lluvia ácida y otras tantas aficionadas de charcos empozados, sólo dos gotas de mar destacaron. Aún así, había que elegir a una de las dos. Sin embargo, ayudó demasiado el que una de ellas se derramara “accidentalmente”, (y lo pongo entre comillas porque todo el mundo sabe que, a pesar de no encontrar sus huellas dactilares, no pudo ser otra que la gota de petróleo, manager de la segunda gota de mar).

El rodaje empezó, no sé si tarde o temprano. Pero que más da. El hecho es que empezó una tarde de agosto. Lluviosa, como no. Bueno, hay que añadir que la niña vive en el hemisferio norte, por lo tanto, era verano. Así que la razón obvia de que lloviera no es otra que el que la niña esté gafada desde su nacimiento. No hay más que verla.

Ayudados por una cámara de video, capaz de captar los más mínimos detalles e inventada por el psicópata, comenzaron por la escena del lagrimal. Tengo que añadir que el lagrimal pertenecía a la madre de la niña, porque, a pesar de sus intenciones de aparecer en la película, la niña no tenía lagrimal.

Y todo iba bien hasta que,...¿cuál era la gota? Como se confundía con las de lluvia, pronto se perdió entre ellas, y a pesar de los esfuerzos, nunca más se pudo localizar. Y todo porque al señor psicópata le parecía más nostálgico con lluvia y no quiso rodarla en interiores.

Así fue, como sin actriz principal, la primera brillante idea, de la no tan brillante niña, llegó al fondo de su pozo de los deseos.

sábado, 13 de junio de 2009

Caracol


Caracol


Deja de mirarme

con un caracol colgando

de tus pestañas.


Haz que ruede hasta mi ombligo

y que suelte ahí sus lágrimas.


Deja de mirarme

con un caracol colgando

de tus pestañas.


Rodarán por mi vientre

y se empegostarán como mocos.


Deja de mirarme

con un caracol colgando

de tus pestañas.



Esa baba de caracol dormido

que no transpira sino oxida

poros con pegamento hipnótico

y miradas distraídas.


Un caracol retorcido

que atrapa espirales

y devuelve legañas verdes.


Ese es tu ojo

que guiña a la ironía.


Ese es y no el que chorrea

olas cristalinas

de verdeazul y melancolía.



Deja de mirarme

con un caracol colgando

de tus pestañas.


Porque se alejará

arrastrando un rastro

de vacío orbital.