Un día, de entre tantos de sus primeros quince años de vida, soñó su primera película en blanco y negro muda, (y cuando digo muda me refiero a la niña, no a la película). Trataba de la vida de una lágrima desde que surgía del lagrimal hasta que llegaba al final de un pozo sin fondo que cumplía deseos. No tardó en ser rechazada una y otra vez hasta que un psicópata con enigmáticas intenciones le propuso rodarla. Lo primero era buscar una gota que interpretara bien el papel de lágrima. La verdad es que, aunque acudieron al casting millones de gotas de lluvia, entre las que había de lluvia ácida y otras tantas aficionadas de charcos empozados, sólo dos gotas de mar destacaron. Aún así, había que elegir a una de las dos. Sin embargo, ayudó demasiado el que una de ellas se derramara “accidentalmente”, (y lo pongo entre comillas porque todo el mundo sabe que, a pesar de no encontrar sus huellas dactilares, no pudo ser otra que la gota de petróleo, manager de la segunda gota de mar).
El rodaje empezó, no sé si tarde o temprano. Pero que más da. El hecho es que empezó una tarde de agosto. Lluviosa, como no. Bueno, hay que añadir que la niña vive en el hemisferio norte, por lo tanto, era verano. Así que la razón obvia de que lloviera no es otra que el que la niña esté gafada desde su nacimiento. No hay más que verla.
Ayudados por una cámara de video, capaz de captar los más mínimos detalles e inventada por el psicópata, comenzaron por la escena del lagrimal. Tengo que añadir que el lagrimal pertenecía a la madre de la niña, porque, a pesar de sus intenciones de aparecer en la película, la niña no tenía lagrimal.
Y todo iba bien hasta que,...¿cuál era la gota? Como se confundía con las de lluvia, pronto se perdió entre ellas, y a pesar de los esfuerzos, nunca más se pudo localizar. Y todo porque al señor psicópata le parecía más nostálgico con lluvia y no quiso rodarla en interiores.
Así fue, como sin actriz principal, la primera brillante idea, de la no tan brillante niña, llegó al fondo de su pozo de los deseos.

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