sábado, 13 de junio de 2009

La niña podrida - Capítulo I

Todo comenzó el día de su nacimiento y aún no se ha acabado.

Ella marchitaba sus pensamientos mientras veía con sus órbitas oculares vacías la televisión. No esperaba encontrar nada nuevo. En fin, desde que su madre adoptiva la había parido por segunda vez, era difícil ver algo más sorprendente. Sí, fue así, por inaudito que parezca.

Su madre adoptiva la parió por segunda vez, puesto que su madre biológica perdió sin querer el embrión en el ascensor (primer parto). Y luego su madre adoptiva la introdujo mediante técnicas aún no inventadas en su vientre. Después, lo de siempre: nueve meses en ese microondas y una niña recién nacida, lista para vivir (segundo parto).

Durante su primer año de vida destacó de entre los frutos del resto del árbol genealógico. Primero como un retoñito de un color verde tan profundo como sus órbitas oculares. Luego como una flor de inclasificable color, aterciopelada. Y, finalmente, se convirtió en el fruto más amargo.

Desde los siguientes años hasta ahora no hay mucho que contar. Aún no ha habido nadie que se la pueda tragar y sigue tan fresca como los mocos que se resbalan desde su nariz hasta su boca. Huele como un aliento gris y torcido y su cuerpo es como un perchero de IKEA armado a ciegas por un astronauta sin gravedad. Y centellea vida por cada poro de su cuerpo que suda mariposas y polillas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario